Boca a BocaNoticias

Perú: América Latina va a ser negra y feminista

Viernes 8 de marzo del 2019: Mujeres y diversidades de Lima y regiones se reúnen para empezar sus movilizaciones por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. En la capital, la marcha organizada por el Colectivo Canto a la Vida concentra en el mismo punto de partida de los últimos años. Las organizaciones y colectivas feministas se ordenan con entusiasmo detrás del primer bloque, perteneciente a las sobrevivientes y familiares de víctimas de violencia de género. Las madres de jóvenes desaparecidas o asesinadas por la violencia machista sostienen la banderola principal. Detrás van todas las que las acompañan en su demanda por justicia.

Poco antes de empezar la marcha, la Colectiva Presencia y Palabra Mujeres Afroperuanas (PyP) se abrió paso a un ritmo fuerte y vibrante, recibiendo el aplauso de las organizaciones ya instaladas. Casi 50 mujeres afroperuanas ingresaron tocando tambores, cajitas y quijadas de burro, mientras arengaban y bailaban con encendidas camisetas amarillas con la frase “Las vidas de las mujeres negras importan”.  No solo se convirtieron en la performance más potente de la marcha, sino también en la primera participación de Presencia y Palabra donde adaptaron canciones con demandas específicas para ellas. Un video transmitido en vivo se viralizó y actualmente tiene más de un millón y medio de vistas:

¡Qué tiemblen los racistas!¡América Latina va ser negra y feminista! Gracias: Presencia Y Palabra: Mujeres Afroperuanas 💜💚🌿🔥#8M #MujeresAfroPeruanas

Posted by Mujer Dispara – Audiovisual Feminista on Friday, March 8, 2019

Entrevistamos a Eliza Pflucker, integrante de Presencia y Palabra, antropóloga y percusionista, activista lesbofeminista y antirracista, que fue una de las gestoras de la performance.

¿Cómo planearon su participación en la marcha?

Es un trabajo que viene de mucho tiempo atrás. Presencia y Palabra surge hace casi 5 años, en el Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (EFLAC) que se hizo en Lima. Usamos de manera bastante improvisada cajitas, sin saber tocar, tratando de hacer ritmo.  Siempre el reto fue: ¿en qué momento vamos a llegar a ser quizás 10, quizás 20, quizás 50 mujeres afro?

La idea era empezar un proceso que tomara esos elementos: reivindicación desde el arte afroperuano, arengas, música creada por Victoria Santa Cruz; retomar y adaptar música creada en el Perú, usando instrumentos del pueblo afroperuano. Con Rocío Muñoz, Tatiana Espinoza y las demás compañeras de PyP nos preguntamos “¿Qué planteamos ahora?”. Quisimos hacer un proceso de afro-artivismo, ir conociéndonos para respondernos estas preguntas: ¿Qué pensamos de las marchas? ¿Por qué las mujeres afro no hemos estado antes en las marchas? ¿Qué queremos?  Y en esa última pregunta casi todas coincidíamos en que no queríamos hacer la marcha dura y la arenga dura. Si hay algo que nosotras tenemos es el tema del trabajo rítmico pero, al mismo tiempo, no queríamos que se desvirtúe en “las negras siempre bailando por bailar”.

Quisimos recuperar lo que significa para nosotras el baile dentro de nuestra ancestralidad, la resistencia desde el baile, el cuerpo como el elemento histórico de los pueblos afro y, sobre todo, de las mujeres negras. Fue un proceso colectivo de escoger lo que queríamos y, luego, un proceso muy consciente para intervenir las canciones. Formamos pequeños grupos donde las menores, las mayores y las intermedias tomaban una canción y la intervenían. Un grupo abordaba el feminicidio, otro grupo abordaba el racismo, otro grupo abordaba otro tipo de violencia; todas con ritmos diferentes. Se logró construir letra, reflexionando sobre qué es ser mujer, qué es ser mujer negra, en qué momento estamos, qué luchas abrazamos más, además de nuestras problemáticas específicas.

Fueron dos meses de ensayos, dos veces por semana, rotando en un promedio de 15 a 20 mujeres. Las dos últimas sesiones antes de la marcha fuimos 40 a 50 con la sensación de un solo cuerpo colectivo, acuerpando nuestros temores y también nuestras luchas.

Nuestra aparición con instrumentos fue parte de un acto performativo de reconexión musical. Reivindicamos que nuestra apuesta política y en la calle puede estar musicalizada; no por eso dejamos de ser un movimiento ni nos volvemos un conjunto, comparsa o batucada. Nos parece importante reivindicar que la música es parte de nuestras apuestas, que la ritmicidad es parte de la reconexión negra y afrodescendiente. Nuestros cuerpos, solo al estar presentes, ya dicen mucho: son resistencia. Si a eso le agregamos este ejercicio de la parte rica, del buen sonido… No fueron los ensayos los que lo produjeron, sino el proceso de conexión de las mujeres que estuvimos. Si las cajitas y las campanas nos hacen conectar, entonces las vamos a usar. Si nos hacen más visibles y hacen que escuchen nuestras demandas, pues las usaremos. La música dentro de los pueblos afrodescendientes siempre ha sido un espacio, una plataforma, una herramienta de reivindicación, de denuncia, de crónica, de generar historiografía. No va a ser solo un entretenimiento sino una apuesta política desde las mujeres negras.

Al ritmo de Presencia Y Palabra: Mujeres Afroperuanas 💜💜💜

Posted by Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán on Friday, March 8, 2019

¿Se imaginaron el impacto que generó entre las activistas y el público que presenció la marcha?

Conforme nos fuimos poniendo los polos, los pañuelos… Cuando nos vimos uniformadas nos dimos cuenta de la dimensión. Era un asombro el sentir Somos muchas y sabemos qué vamos a decir, qué vamos a cantar. Se hizo un trabajo de formación minuciosa: de cómo todo el cuerpo tiene que abarcar el espacio, la división, las líneas en las que fuimos marchando, la distribución, el orden. Queríamos impactar, que nos miren, que nos escuchen, que nos acompañen. Era un objetivo generar un impacto, pero no habíamos dimensionado el nivel.

Marchamos no solo porque creemos en la lucha por la vida de las mujeres, sino porque necesitamos que, dentro del movimiento de mujeres, del movimiento feminista, algo se mueva. Se tiene que seguir repitiendo que el feminismo será antirracista o no será; que se vea que no somos 2 o 3 quienes lo estamos diciendo, sino que eran cerca de 50 mujeres en una sola voz y en un acto cohesionado. Queremos venir a desestabilizar esa comodidad.

¿Cómo reúnen los aportes generacionales de las integrantes de Presencia y Palabra? ¿Cómo lograron materializar las ideas?

PyP surge en la lógica de recuperar el camino avanzado por las compañeras mayores, las que son fundadoras del movimiento afroperuano y que previamente han estado en organizaciones mixtas donde, probablemente, las voces femeninas se perdían.  Siempre hemos querido trabajar recuperando la propia historia de las mujeres negras en el movimiento social e ir haciendo el puente y transmisión -pero también renovación- con las más jóvenes.

Lo que surgió en la marcha y en todo este proceso de artivismo ha sido hermoso porque todas hemos marchado en familia. Marcharon abuelas y nietas, tías y sobrinas, madres e hijas, hermanas, lo cual le da otro sentido. Marchar en el mismo bloque, cantando y bailando con tu familia, es muy diferente al hecho de marchar con tu compañera que conociste en esta lucha. La más joven tiene 13 años y las mayores tienen poco más de 70. Delia Zamudio no pudo marchar, pero su hija y su nieta marcharon en su nombre. Es importante, pues se nombró antes de salir y al regresar: la sensación de las compañeras mayores afirmando que tienen dónde dejar la posta.

Surgió un espacio de transmisión de conocimientos y entrega de quién sigue el camino. El tema intergeneracional es algo que sucede en PyP y en el movimiento afrofeminista, en el movimiento negro de mujeres. Caminar con nuestras compañeras mayores, aprender pero también cuestionar. Y dentro de la propuesta que se hizo se quería visibilizar que hay más jóvenes sumándose y que están respaldadas, acompañadas y en diálogo con las mujeres mayores. Desde un diálogo bastante horizontal, bastante cíclico, donde habrá momentos donde las jóvenes la llevan y otros en donde escuchan y aprenden de lo recorrido. Creo que ha sido un proceso bastante redondo, que te permite mirar distintas dinámicas. En el movimiento feminista del adultocentrismo esto generalmente produce disputas, pero con nosotras no sucedió así.

Logramos materializar lo trabajado con el respaldo de la Articulación Feminista Marcosur (AFM), que cubrió los costos que no podíamos asumir, como los instrumentos.  PyP es un colectivo que no tiene fondos propios, y en algunas situaciones necesitamos un aporte que nos permita garantizar la logística para desarrollarnos. Históricamente es una de las demandas que tenemos como mujeres afrodescendientes: el empobrecimiento de nuestros hogares y de nuestras vidas no es una casualidad. Si logramos sostener o equiparar algunas condiciones creo que podemos hacer cosas muy potentes. Ha sido una alianza necesaria que puede generar cosas muy interesantes.

¿Cómo percibes el movimiento feminista con respecto a la lucha contra el racismo desde que comenzaste a militar y en el presente?

Son distintas etapas. Yo vengo del movimiento de derechos humanos desde adolescente. El movimiento feminista ha sido ese espacio de reivindicación al que me acerqué, desde la academia, aproximadamente en 2004. Pero no encontraba una voz que me representara. En 2005 escuché por primera vez a Rocío Muñoz hablar sobre “Ser Mujer Negra y las interseccionalidades en el feminismo”. Hace un par de años el movimiento feminista en el Perú se está cuestionando el tema de la diversidad étnica racial y de las otras diversidades. En como ir deconstruyendo esta lucha homogénea por la vida de las mujeres, porque eran mujeres que no tenían un rostro concreto.

Efectivamente, la violencia machista y la violencia sexista nos afecta a las mujeres de manera general. Pero hay lugares donde aprieta más, donde golpea más, porque se mezcla con otras opresiones. Es complejo que lo vean, que lo entiendan, cuando no lo viven. Por mucho tiempo se nos ha tildado de exageradas, se nos ha dicho que siempre estamos reclamando, que ya estamos en el pronunciamiento cuando realmente solo dice “mujeres afrodescendientes” o “mujeres indígenas”, sin interpelarse más allá qué prácticas se están omitiendo. Es difícil reconocerse racista, porque implica reconocer algo que políticamente es incorrecto; sobre todo cuando formas parte de un movimiento que se supone que está luchando por la igualdad de ejercicio de derechos a nivel social.

Reconocer tu racismo implica reconocer que miras una parte pero que no miras la otra. Que segregas, que hay cosas que no quieres nombrar, que hay cosas que no quieres incorporar en tu propia deconstrucción, y ha costado. Necesitamos que se mire cómo la educación nos afecta de manera específica a las mujeres con cuerpos racializados. Necesitamos que se vea cómo la violencia de género también puede tener componentes de violencia racista y que necesitamos que se tipifique y que sea parte de un delito.  La idea es ir conquistando estas pequeñas reivindicaciones para lograr tener un movimiento feminista que se piense en sus diversidades. Que no seamos más como estas mujeres con apellidos que venimos en la cola y a las que les damos 3 líneas en un pronunciamiento. Sino en cómo podemos ir mirando cada una de las problemáticas desde estas diversidades.

¿Qué le falta al movimiento feminista peruano para articular, conocerse, reconocerse y unificarse en nuestras diversidades étnicas, culturales, sexuales, de clase, etc.?

Le falta mirarse: creo que es muy complejo esto de volver a mirarnos cada una desde la individualidad y desde las colectividades que representamos. No hay, hasta ahora, mujeres feministas peruanas que se nombren desde su blanquitud y que la reconozcan como parte de un privilegio que van a tener frente a otras mujeres. No es decirles que renuncien a su blanquitud, pero sí estar alertas, que sean conscientes de los privilegios que les da su ser blancas, ser heterosexuales, tener título universitario, su apellido, su clase. Pues, dependiendo de todo ello, se verá quién te escucha y a qué lugares llegas. Si tu discurso va a seguir homogeneizando a las demás mujeres e invisibilizando a otras, mantienes esta lógica bien hegemónica que solo presenta una sola historia del feminismo. Necesitamos que las feministas se miren, se enuncien desde todas esas interseccionalidades (así te haya tocado tener las más privilegiadas o no). Pero te toca reconocerlas para desde ahí, reconocer qué está en escena a través de tu cuerpo y tu palabra.

Si una mujer blanca, heterosexual, universitaria, clase media-alta, con algún apellido asociado a una clase alta, comienza hablar de las mujeres indígenas lesbianas sin educación, entonces estamos generando dos discursos: sigue siendo esta mujer con voz la que habla por otras mujeres que no siempre van a tener el espacio para hablar y ser escuchadas. Si más bien esa mujer blanca comenzara a hablar desde su deconstrucción, de cómo ha acompañado procesos, o incorporara la idea de “sí, esta corporalidad, este status genera que me escuches, pero mientras me escuchas dejas de escuchar a otras mujeres” empezaríamos a abrir campo para diversidad de voces.

¿Cuándo empieza la Escuela de Formación Feminista Antirracista de PyP?

 Empezamos el 27 de abril y terminamos el 8 de mayo. Es una Escuela que se ha pensado para mujeres afrodescendientes y la idea es abordar el enfoque antirracista pero, también, pensar desde las emotividades. Nos parece importante el desarrollo político teórico, pero creemos que buena parte de la apuesta es para vincularnos con mujeres que no necesariamente vienen de organizaciones, que no vienen de una experiencia universitaria ni de Ciencias Sociales ni Educación. Queremos generar estos espacios de encuentro, generar diálogos entre mujeres negras de diversas edades, de diversas partes de Lima, dentro de la diversidad sexual, para poder reflexionar sobre el lugar en el que estamos. Reflexionar cómo el racismo afecta grandes niveles de nuestras vidas y tener un enfoque para pensar cómo la arremetida fundamentalista y antiderechos impacta en las vidas de las mujeres negras.

 ¿Cómo pueden integrarse las niñas y adolescentes afrodescendientes que conozcan a PyP por las redes pero que no están involucradas en el movimiento feminista?

 En general PyP ha sido como un espacio diálogo, articulación y deconstrucción de un afrofeminismo peruano desde mujeres que no estaban vinculadas al feminismo y de distintas edades. Siempre hemos pensado en vincularnos a la educación con pequeños proyectos para dialogar con niñas y adolescentes desde otros formatos lúdicos, como la música. Hay adolescentes y jóvenes que nos escriben al Facebook y que siempre serán bienvenidas a participar de nuestras reuniones, pero dependerá de los horarios para que vuelvan seguras a sus casas.

Es un reto que nos interesa mucho. Queremos trabajar con niñas en edad escolar y abarcar temas desde la reivindicación histórica y problemáticas contemporáneas, porque estamos seguras que las niñas afro y negras no están libres de ningún tipo de violencia que vivimos las mujeres, y sabemos cómo el colegio se vuelve casi un centro de tortura para niñas y niños afrodescendientes por la cantidad de ataques racistas que reciben. No es algo nuevo, es algo que ha continuado en el tiempo. Lo “más humano” que te pueden decir es “africana” o “esclava”, y después vienen descalificativos deshumanizados, animalizados, objetivizados. Y esos niños y niñas que pasan 12 horas de sus vidas allí reciben ataques durante los 12 años de educación. Necesitamos vincularnos a las niñas y adolescentes para trabajar desde temas estéticos, temas identitarios, recuperar problemáticas, resistencias, cómo se vinculan estos temas intergeneracionales, etc.  Probablemente hay niñas que están viviendo situaciones que nosotras ya vivimos y que no han cambiado desde los tiempos de nuestras abuelas. Hay un conocimiento que tenemos que ir transmitiendo, así como trabajar con educadores y educadoras.

 ¿Qué es ser una mujer afro en un país estructuralmente racista?

 Es interesante, porque es ser mujer afro en un país estructuralmente racista pero con un discurso mestizo andino. En el Perú se da un discurso de polos: por un lado es “el país de todas las sangres” pero, al mismo tiempo, es el país donde hay algunas sangres que no valen lo mismo.

Ser afro en Perú es crecer con referentes bien aislados. Buscas a esa persona similar a ti, a tu familia, pero una vez que sales de ese espacio no la encuentras. No ves más niñas ni niños similares a ti en el colegio. Somos muy pocas; en las universidades menos aún. En mi base de la Universidad de San Marcos (UNMSM) eran 250 personas aproximadamente y solo 2 éramos afro.

Ser afro es estudiar sola. Es que los profesores pongan en duda tus capacidades y luego, al trabajar -salvo que trabajes en una organización afro-, es trabajar casi sola. Es crecer en una sociedad que, más allá de sus discursos hostiles y prácticas violentas, te desmembra, te aísla. Quien logra una vida aparentemente normal, quien fue al colegio, a la universidad y al trabajo, poco a poco se irá quedando más sola. Es una sensación de una identidad aislada pero que, al mismo tiempo, tiene esta necesidad de reconectarse, de buscarse, de volver a unir esa red como única respuesta al sistema.

Podemos verlo en las redes: las compañeras que son visiblemente más oscuras reciben ataques constantemente. Ataques que te hacen preguntarte ¿Esto es posible? Lo primero que piensas es que las personas que atacan de esa manera están locas, pero no lo están. Son personas reales, personas con las que hemos trabajado, personas con las que tal vez hemos estado en un mismo grupo de activismo. Ser mujer afrodescendiente implica también el sinsabor, porque casi no hay espacio seguro. Tú puedes estar en un colectivo feminista y podrás escuchar frases o bromas racistas normalizadas, objetivación, estereotipos sobre el cuerpo de una mujer o un hombre afro.  Cuando te toca estar todo el tiempo respondiendo recibes el “no seas exagerada”. El estereotipo de reclamona, de criticona. Hace poco me lo dijeron: “las afro siempre están criticando”. Y si le sumas el “exagerada” recaes en la lógica de las masculinidades hacia las feministas.

Las masculinidades hegemónicas dicen “las feministas son exageradas, locas, etc.”, con el propósito de sacarte de lo percibido como “normal” para volverte una persona poco confiable. En el caso de las afro ya no son solo las masculinidades hegemónicas las que lo hacen, sino también las feminidades hegemónicas. Vale más la voz de una mujer blanca que estudió y que puede decir lo mismo que una mujer negra del campo, porque esta última es una identidad desvalorizada.

¿Qué acciones impulsan desde PyP para luchar contra el racismo normalizado en la sociedad y los medios?

En PyP hemos tenido un largo proceso de autoformación, que fue clave. Casi dos años y medio en la lógica de “no necesitamos muchas luces o gente alrededor”, sino que necesitamos que el grupo pueda dialogar sobre estas problemáticas y tener pequeños consensos. Eso nos permitió organizar el Primer Encuentro Feminista de Mujeres Afrodescendientes el año pasado, donde empezamos a dialogar con otras mujeres desde la experiencia, el testimonio, desde el grupo pequeño, el espacio de confianza, la reconexión ancestral. También quisimos ir generando otros procesos que nos permitan llegar a más mujeres.

Hemos mantenido una línea de opinión, tratando de pronunciarnos, escribiendo, siendo conscientes y reflexionando sobre tomar posición en términos del feminismo. Por ejemplo, pensar en los tres congresistas afrodescendientes fujimoristas y preguntarnos ¿nos representan o no nos representan? Necesitamos el reconocimiento como pueblo afrodescendiente, pero reflexionamos sobre las alianzas que haremos y sobre cómo la corrupción impacta en nuestros cuerpos. La de generar comunicados y pronunciamientos en material gráfico ha sido la línea más constante, la que nos permite enganchar con el ciberactivismo y hacer que alguien diga “esto fue lo que estuve pensando” y decida compartirlo.  Algo que permita generar espacios de diálogo en los trabajos, en la familia, y abrir el diálogo sobre una problemática que es difícil de situar.

La idea con la Escuela es abrir espacio de formación y autoformación. Esto no quiere decir que todas las que participen formarán parte de PyP, pero la idea es lanzar semillas y ver qué es lo que va creciendo, que aparezcan nuevos grupos. Nos encanta la idea de que en PyP sean más, pero también hay intereses particulares desde dónde construir.