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La sostenibilidad de la vida en el centro. Feminismo y ecología

¿Cómo hacemos para vivir una vida digna de ser vivida? ¿Cuándo vamos a entender como sociedad que somos parte de la naturaleza, que no podemos vivir sin relacionarnos con ella y con otras personas? ¿Cómo podemos poner en jaque al capitalismo y colocar la vida en el centro, no el mercado? Para intentar responder estas preguntas, realizamos un debate virtual a propósito del Día Mundial del Medio Ambiente.

Todas las vidas necesitan de cuidados. Todas las vidas necesitan relacionarse con otras vidas. Somos eco-dependientes e inter-dependientes, aunque muchas veces parezcamos olvidarlo. En este debate virtual organizado por Cotidiano Mujer, la AFM y Dafnias, las ecofeministas uruguayas Lilian Celiberti, Ana Filippini, Lucía Delbene y Mariana Achugar trabajaron en torno a cómo poner la vida en el centro.

Descolonizar el pensamiento y despatriarcalizar la vida

Lilian Celiberti, coordinadora de Cotidiano Mujer e integrante de la AFM, fue la encargada de abrir el debate. Partió desde planteo de Donna Haraway: “En estos tiempos confusos, de patrones ampliamente injustos de dolor y alegría, hay un innecesario asesinato de la continuidad, pero también de un resurgimiento necesario”.

La pandemia, afirmó Celiberti, está asociada directamente a la destrucción de los ecosistemas, pero “pareciera que la atención pública y los enfoques de análisis poco tienen que ver con esta dimensión”. En este sentido, hizo hincapié en la necesidad de descolonizar el pensamiento, lo que supone revisar conceptualmente las categorías y mapas de ruta con los cuales se han interpretado los problemas. “No es lo mismo hablar de desarrollo sustentable que de alternativas al desarrollo”, ejemplificó.

Celiberti valorizó el movimiento social. “Es en las luchas sociales donde podemos construir otras subjetividades y otras miradas, pero también otras formas de relacionarnos”, afirmó. “Uno de los ejes de las prácticas de colocar la vida en el centro tiene que ver con reconstruir los tejidos comunitarios agredidos y desintegrados. Y la acción feminista desde los territorios permite construir nuevos lazos de solidaridad entre mujeres diversas”. El capitalismo produce permanentemente pulsiones y nos aisla, nos confina, y “las nuevas identidades políticas que construimos debemos ser capaces de interactuar” para subvertir las exclusiones y violencias del capitalismo. “Esto es un tema central para la idea de despatriarcalizar la vida”, expresó.

Otro punto en el que hizo énfasis es el de asumir el cuidado como un eje central del sostenimiento de la vida humana y no humana. “La idea de cuidar como una ética social”, una idea más amplia que el cuidado dentro de la familia o para las personas más vulneradas.

Los límites del modelo de desarrollo

El debate continuó con Ana Filippini, quien criticó la “sordera de los gobiernos” ante alertas que se están dando desde el movimiento social y la academia hace más de 50 años. Puso como ejemplo el caso de Donella Mellow, científica que en 1970 integró un grupo académico destinado a analizar los límites del crecimiento, quien afirmó que el desarrollo no solo tiene límites sino que tiene consecuencias muy graves. “Hoy, 50 años después, seguimos escuchando diariamente que lo que tenemos como objetivo futuro es el crecimiento”, se lamentó Filippini.

“Necesitamos cambiar estos conceptos clásicos de lo que es el desarrollo y el crecimiento, y conocer más la teoría ecofeminista, que incluye la eco-dependencia y la inter-dependencia. Esos conceptos se han puesto sobre la mesa en este estado de pandemia, donde quedó en manifiesto que dependemos absolutamente del sistema de salud y del cuidado de otras personas para nuestra sobrevivencia”, desarrolló.

En este sentido, también invitó a romper con la idea de que el campo y la ciudad son entidades separadas y recordó un ejemplo que dio Yayo Herrero en su visita a Montevideo para las Jornadas de Debate Feminista 2017: “‘Si por alguna razón Madrid estuviera encerrada, nos moríamos de hambre a los tres días’. Pienso que lo mismo sucedería en Montevideo, porque no tenemos una conexión real, permanente, con lo que se produce, con la forma que se produce, y para qué utilizamos nuestro territorio”. En función de eso, dijo, es que tenemos que elaborar “de qué forma llegamos a sostener la vida, a hacer que la vida sea posible, a hacer que la mejor vida posible de ser vivida exista, y cómo logramos que la gente en general comience a entender que el desarrollo tiene un límite y que la eco-dependencia es fundamental para nuestra sobrevivencia”.

¿Necesitamos seguir plantando monocultivos?

La tercera en tomar la palabra fue la bióloga Lucía Delbene, quien siguió con el abordaje desde un enfoque ecologista y feminista de los problemas actuales a través de las categorías de inter-dependencia y eco-dependencia. La primera, afirmó, es especialmente evidente en este contexto de pandemia donde tuvimos que sufrir el aislamiento y la falta de relacionamiento con otras personas. La segunda se pone de manifiesto cuando analizamos los problemas que está causando no cuidar de la naturaleza: “Nos rompe los ojos todos los veranos, cuando tenemos una invasión de cianobacterias en las playas de Montevideo, en los embalses de los ríos, en el Río Uruguay”. Todas las cuencas más grandes del país están con problemas de contaminación, por lo que “nos han despojado del disfrute de hacer uso de un bien que es de todas y todos”.

Delbene hizo hincapié en que poner la vida en el centro no es algo a elegir o no: “Son puentes que tenemos que transitar todos los días en nuestro vivir cotidiano, vínculos que tenemos que tejer continuamente. Todos los días comemos y nos relacionamos con otras personas. Entonces, no es una ‘opción’ no poner la vida en el centro”.

Luego listó algunos cambios posibles para modificar las formas de producción:

1) Crear circuitos cortos de distribución. Dejar de comprar a grandes superficies de supermercados y apoyar a almacenes de barrio.

2) Cambiar los patrones de consumo. Pensar en menos consumo y más responsable.

3) Políticas públicas integrales de salud que tengan un enfoque que incorpore el ambiente como algo central.

4) Reducir el metabolismo social. Disminuir el uso de materiales y energía.

5) Terminar la falsa ruptura entre el campo y la ciudad. Conectarnos con las personas que generan lo que comemos todos los días, no creer la ilusión de los supermercados.

6) Cuestionarnos qué tipos de producción son necesarias: “¿Necesitamos seguir plantando monocultivos, que son mayoritariamente para exportación y que ni siquiera son para alimentar personas? La soja que plantamos no alimenta gente, es de exportación para alimentar chanchos. Es falso ese discurso de que necesitamos plantar más para eliminar el hambre en el mundo, porque se produce suficiente alimento y el hambre sigue estando. ¿Necesitamos seguir contaminando el agua como estamos haciendo, absolutamente todos los ríos y arroyos del país, para sostener ese modelo europeo agroindustrial? ¿Necesitamos otra planta de UPM en el río Negro, que ya está en bastante mal estado?”.

En cuanto al enfoque de la interdependencia, hizo un llamado especial a nuestros compañeros varones, a trabajar en la co-responsabilidad del cuidado entre los géneros, y al Estado, que también debe hacerse cargo de los cuidados. A su vez, planteó la necesidad de pensar ciudades con una planificación urbana que favorezca los desplazamientos cotidianos. “Queremos una ciudad que sea para la gente, no para los autos, no para el mercado”, dijo, y agregó: “Un ejemplo claro de lo que no deberíamos hacer es el tren de UPM: todas y todos estamos pagando la construcción de un tren que fragmenta, que cortó Montevideo en dos, que va a cortar otros pueblos a lo largo de su recorrido, para una empresa extranjera que viene a contaminar, para continuar con este modelo que pone en el centro al mercado”.

La vida no es mercantilizable

Mariana Achugar cerró el debate con un análisis sobre los muchos puntos en común entre feminismo y ecología. “El ecofeminismo nos brinda una epistemología de la sospecha, como dice Alicia Puleo. Una perspectiva que incorpora lo ecológico y la mirada feminista y decolonial”, afirmó. “Tratamos de ver la integralidad y las relaciones que existen, tanto las materiales como las relaciones a nivel conceptual, de cómo le damos sentido a nuestra realidad. Ver la inter-relación entre el modelo productivo, la pandemia, la violencia de género, la violencia hacia el ambiente y cómo nos relacionamos en la vida cotidiana”.

Sintetizando lo planteado por Celiberti, Filippini y Delbene, Achugar explicó: “Si pensamos que esto es solo un problema sanitario, la vacuna es la solución y nos quedamos ahí. Sin embargo, lo que planteamos es que esto es parte de un proceso histórico que tiene que ver con las formas de producción, de consumo, con el capitalismo como un sistema que hace siglos está extrayendo valor de la naturaleza y de las personas. Del trabajo asalariado, productivo, y también del no asalariado, reproductivo, que sostiene el capitalismo (aunque sea invisibilizado y desvalorizado)”.

Las mujeres y disidencas, las comunidades originarias, las personas afrodescendientes y demás grupos que han sido históricamente oprimidos “han sido tratados como si fueran de segunda clase, con menos acceso a recursos, con otras formas de participar a nivel social, con menos poder de decisión”. La naturaleza, dijo, también ha sido tratada de esta forma: “La manera en la que esa dominación existe sobre los cuerpos de grupos vulnerados también existe en la relación de cómo conceptualizamos la naturaleza”. Por eso “hay una cuestión de la colonialidad del saber que tenemos que atacar. No es solo cambiar las relaciones de producción o materiales, sino también la manera en la que le damos sentido”.

Achugar se preguntó cómo se puede construir una vida que merezca la pena ser vivida y recordó que ya existen formas de resistencia y creación de relaciones que ponen la vida en el centro. Hizo un llamado para reconocer las luchas, trabajos y prácticas que ya existen, que podemos potenciar y extender desde nuestras redes y alianzas. Puso como ejemplo las ollas populares, las redes de cuidado a infancias entre vecinos y vecinas, las cooperativas. Podemos “encontrarnos con otras personas en este espacio común que no tenga que depender de la mercantilización de la vida. Porque parte de lo que ha hecho el capitalismo es meterse en el entramado de nuestra vida totalmente. De cierta manera, todo hoy se transforma en algo financiero, en algo que genera valor. Lo que tenemos que hacer es recuperar esos espacios y lo que nos moviliza, los valores que nos mueven, que tienen que ver con no mercantilizar la vida y poner la vida en el centro”.

Nuestra manera de relacionarnos con el ambiente y de producir alimentos se ha vuelto cada vez más violenta”, afirmó. Puso como ejemplo el surgimiento de algunas de las enfermedades que han afectado a la población mundial, como la gripe H1N1, nacida en una fábrica de cerdos hacinados, tratados con antibióticos, que viven en condiciones de tortura. Sin ir más lejos, recordó que el gobierno argentino propuso como solución de salida de la pandemia crear estas granjas porcinas para exportar a China, además de la soja. 

La industria de animales y alimentos utiliza agrotóxicos y transgénicos que luego consumimos y nos producen enfermedades. Ni siquiera tenemos poder de elección, porque es el mercado el que decide qué productos vendernos, y a eso accedemos en las grandes superficies de supermercados. Muchas veces, además, son productos traídos de lejos, que recorren grandes distancias, lo que no solo genera una mayor huella de carbono sino que los encarece. Ni siquiera sabemos lo que comemos. “Tuvimos que luchar por muchos años para que se etiqueten los alimentos, para saber si eran genéticamente modificados o no. Por algo será que no nos quieren mostrar lo que comemos”, dijo Achugar. “El hambre existe, se ve en todas las ollas populares. El acceso a la alimentación no es algo que esté resuelto. Desde el Estado, las políticas públicas han mantenido este modelo agroexportador, dándole beneficios fiscales a los grandes productores y no apoyando a quienes generan una producción más sustentable, localizada, de cercanía. Ese es un espacio de disputa”.

Finalizó con un mensaje optimista: “Trascender esto, que parece horrible y sin salida, es en realidad posible” y que ya se está haciendo desde muchos espacios. “Como se dice siempre desde el feminismo, lo personal es político. Valorizar el conocimiento local, cotidiano. Nuestras decisiones pueden tener una incidencia. No es suficiente y no quiero decir que es responsabilidad de los individuos, pero sí influye lo que hagamos. Sí influye si nos organizamos y trabajamos colectivamente. Podemos tener incidencia”. Como ejemplo mencionó a algunas organizaciones sociales como ASOBACO (Asociación Barrial de Consumidores), el Mercado Popular de Subsistencia (MPS), la Red de Agroecología o las ferias orgánicas, que no solo crean formas más igualitarias y sostenibles que garanticen la soberanía alimentaria sino que, a la vez, colectivizan los trabajos de cuidados y reproducción de la vida. “La experiencia de los grupos de consumo alternativos y sus vínculos con productores agroecológicos en Uruguay está produciendo un proceso de politización del consumo y abriendo nuevos espacios para la construcción de una conciencia emancipatoria”, afirmó. “Estos modos de organización social, basados en la economía social y solidaria, se sostienen en la comprensión de las relaciones de inter-dependencia entre producción y consumo y en la eco-dependencia, en las dimensiones ecológicas de nuestras prácticas, a nivel individual y productivo”.

Les invitamos a ver el debate completo aquí: