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La Mesa Está Servida. La lucha de las trabajadoras domésticas en Argentina, Brasil, Paraguay, Perú y Uruguay

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No es novedad que el trabajo doméstico (TD) ha sido históricamente realizado por mujeres, sea al interior de hogares propios – como consecuencia de la división sexual del trabajo -o en hogares ajenos- como forma de sustento. Tal vez por ser una actividad altamente feminizada, ha sido también invisibilizada, desvalorizada y precarizada, a pesar de su innegable valor para el desarrollo de toda actividad humana: nada en el mundo funcionaría si alguien no limpiara, cocinara, lavara, fregara y cuidara.

Lo que sí resulta novedoso es cómo en los últimos 10 años ha habido importantes avances en la conceptualización y el reconocimiento social, económico, político y jurídico del TD. Ello se ha materializado en leyes y medidas que lo enmarcan como una actividad económica más, plausible de ser regulada por los Estados, con derechos y obligaciones tanto para las personas empleadoras como para las empleadas. Un hito en este sentido es la adopción del Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que en 2011 reconoció los derechos laborales de las trabajadoras domésticas. Entró en vigor en 2013 y fue poco a poco ratificado por los países miembro de la OIT, enmarcando las
respectivas legislaciones nacionales y regionales.

Algo que parece tan básico y normal -los derechos laborales de las trabajadoras domésticas- ha sido, sin embargo, producto de una larga e intensa lucha llevada adelante con tenacidad y convicción por parte de las propias trabajadoras del hogar, apoyadas por organizaciones de la sociedad civil, feministas y de derechos humanos. Su lucha no ha estado -ni está aún hoy- exenta de toda clase de dificultades, ya que se enfrentan a fuertes resistencias económicas y culturales arraigadas en los pasados coloniales, esclavistas, racistas y heteropatriarcales de las sociedades latinoamericanas contemporáneas.