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La emergencia de la agenda de la economía del cuidado y las políticas públicas de cuidado. Reflexiones desde América Latina en tiempos de pandemia

Todas las sociedades humanas se han visto siempre en la necesidad de realizar, al menos, tres actividades esenciales para la vida: 

i) el trabajo que tradicionalmente conocido como «productivo», que ha dado lugar a los diferentes modos de producción a lo largo la historia, y mediante el cual, colectivamente, se producen los bienes y servicios de una comunidad; 

ii) el trabajo que tradicionalmente se ha conocido como «doméstico», desempeñado individualmente para satisfacer necesidades tales como la alimentación, la higiene, el mantenimiento de la vivienda y; 

iii) el cuidado de los/as hijos/as, así como de otras personas en situación de dependencia. Por larga data, dentro de la estructura societal, con base en estereotipos de género y en un supuesto orden natural inalterable, la división sexual del trabajo asignó prioritariamente a los varones a la esfera del trabajo «productivo» y remunerado, es decir, al ejercicio de la vida pública en ámbitos como la política, el gobierno, el mercado, la industria, la ciencia. Al mismo tiempo, esta estructura sobrerrepresentó a las mujeres en la esfera reproductiva, a saber, «no productiva», ergo no remunerada y, tradicionalmente, asignó a aquellas a la domesticidad de la vida privada, a la cotidianeidad del cuidado de los/as hijos/as, y a una situación de dependencia económica respecto a su padre primero y a su marido después.

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